Lo que empezó siendo una reflexión interesante en Cortar por la línea de puntos se convierte en una redundancia cansina en Por cuatro perras. La primera serie de Zerocalcare no me pareció ninguna gloria, pero tenía personalidad y encanto. En esta tercera entrega parece que han querido explotar esa identidad al máximo pero, irónicamente, en su versión más simplona, mezclándola con una historia digna de la serie más chusca de Netflix para que te la chupes del tirón. Y no es que Zero no sepa hacerlo: en Este mundo no me hará mala persona demostró que puede contar una historia con inicio, nudo y desenlace bien integrada con su estilo personal. Aquí, en cambio, no soy capaz de empatizar con nada de lo que pasa. Lo que comenzó como una serie de introspecciones intimistas sobre una generación perdida ha acabado convertido en misery porn para millennials donde la historia y el estilo de Zerocalcare chocan constantemente.
Seré privilegiada, pero no puedo empatizar con una historia de mafias y peleas de bandas que se entrelaza a cada rato con reflexiones millennials que se agarran al argumento como pueden (y fallan la mayoría de las veces). Las escenas, aisladas, no tienen nada que ver las unas con las otras, y a veces llegan a ser redundantes o a regodearse tanto en lo intelectuales que son que resultan agotadoras. Con el propio Zerocalcare pasa lo mismo: sólo saca el tema de que es famoso, tiene una serie en Netflix y mucho dinero cuando lo requiere el guión (para el préstamo del bar o para alguna excusa tipo "pobrecito yo, que soy un privilegiado"); por lo demás, aparentemente es del todo plausible que un guionista rico y famoso, según se pinta él mismo, vaya por la calle como un matao' cualquiera y hasta se meta en líos de dinero y asesinatos.
Y hablando de Zerocalcare: lo peor es él. En la primera serie parecía un hombre parte de una generación a la que se lo prometieron todo y no le dieron nada; ahora es un cuarentón con mentalidad de adolescente egocéntrico incapaz de sacarse la cabeza del culo, y ni siquiera cuando sus amigos se lo dicen a la cara sirve de algo, porque el tío no avanza nada en ocho episodios. Que Zerocalcare sea el único que nos ofrece su perspectiva no significa que sólo podamos tener su perspectiva, pero está demasiado emperrado en coger absolutamente todos los problemas de los demás, soltar lecciones de moralina, sacar conclusiones y hacerlo todo sobre él. No sé si es a propósito o es que le encanta escucharse. Entiendo que todo gira, al final, alrededor de las oportunidades perdidas y de dejar de sentirse un eterno adolescente, pero con más de cuarenta años es un poco tarde para una catarsis de ese estilo.
El formato tampoco ayuda. La serie parece ideada para el visionado rápido, el aplauso fácil, los vídeos de TikTok y las frases quotables: una amalgama de escenas a cámara lenta, silencios, miradas tristes y música melancólica de fondo, como en un videoclip de Evanescence de 2005. Hay el triple de montajes musicales que en las series anteriores, hasta el punto de que pierden efecto y agobian. Los capítulos son más largos pero se sienten menos profundos, y con la mayor duración la serie pierde fuerza. Las reflexiones pasan de ser cercanas y dignas de pensarse a un pesimismo agotador y paternalista en plan "no, no, TÚ te sientes ASÍ porque YO me siento ASÍ y ASÍ es como te tienes que sentir TÚ también por ser parte de esta generación"; en realidad se siente como la glorificación de todo aquello que la gente no debería ser ni pensar.
En fin: me esperaba otra buena serie de Zerocalcare y, aunque ha sido fácil de ver y se deja disfrutar, la trama no es tan interesante (ni tan personal) como en las anteriores. Hubiese preferido que se centrara sólo en la historia de Esmeralda, que es la más cercana a la vida real, porque toda la trama con Jabalí se hace aburrida y no va a ningún lado.
Eduardo Bosch y Alejandro (Peyo) García en el doblaje, eso sí, sublimes.