// HUMANIDAD POR ESPECTÁCULO_

La Odisea de Christopher Nolan (2026)

MAR 21.07.2026

Fotograma de La Odisea

La Odisea (2026)

Como película no está mal, pero, curiosamente, le falta humanidad a La Odisea. Nolan ha querido adaptarla no de forma más o menos fiel, sino a su manera, y eso está bien, y él ha estudiado Literatura así que quiero pensar que sabe lo que hace y, sobre todo, lo que no hace. Pero al mismo tiempo, me da pena que una historia con mensajes tan interesantes y bien desarrollados (hasta el punto de que sigue sobreviviendo a nuestros días y sigue inspirando parte del viaje del héroe moderno) se haya reducido a una película de acción con monstruos muy guays donde la humanidad se ve a ratos, en retazos muy propios del cine blockbuster y con un guión muy bien estudiado para sus golpes de efecto. Eso es, en el fondo, lo que quiero contar aquí: cómo la película cambia humanidad por espectáculo, y por qué ese cambio afecta justo a lo que hace que la Odisea sea la Odisea.

La cosa es que los elementos que más cojean son, precisamente, los aspectos más importantes del mundo homérico. Para empezar, la Odisea, que es un poema, tiene monstruos, hechiceras y dioses, pero no es un poema de aventuras en el sentido moderno; las aventuras son una excusa para hablar de otros temas, como el deseo de volver a casa, el envejecimiento, la identidad, la hospitalidad, la memoria, el reconocimiento entre personas que han cambiado y el sufrimiento de una guerra que ya terminó pero sigue viviendo dentro de quienes la lucharon.

Por eso, lo más memorable del poema original no es lo que será más memorable en la cinta de Nolan (como los encuentros con el cíclope o Circe), sino Odiseo llorando al escuchar el canto de su propia historia, el encuentro con su madre en el Hades (que no sucede), el reconocimiento de su perro Argos (que aparece, pero dura como dos segundos), la conversación con Penélope en la que no sabían si podían seguir confiando el uno en el otro... Sí que está, por ejemplo, el momento en que Euriclea lo reconoce por una cicatriz, pero parece sacado más para que la audiencia diga "¡ah, Penélope se va a enterar de que es él, qué tensión!" que otra cosa. El poema original tiene escenas muy íntimas y, aunque la acción existe, el corazón de la Odisea suele estar en esos reconocimientos y en las emociones contenidas.

El narrador tramposo

Fotograma de La Odisea

La Odisea (2026)

Y aquí viene lo que más me sorprende de todo, siendo una película de Nolan: en el poema, los episodios más famosos (Polifemo, Circe, los Lotófagos, las sirenas, Escila y Caribdis) no los cuenta Homero. Los cuenta el propio Odiseo, en primera persona, en la corte de los feacios, cuando su viaje ya casi ha terminado. Es decir, toda la parte "de aventuras" es un relato dentro del relato, narrado por un hombre al que el poema define precisamente por su astucia y sus mentiras (se pasa media obra contando historias falsas sobre sí mismo a todo el que se cruza) y al que, en ese momento, le conviene muchísimo quedar bien delante de un rey que puede darle el barco para volver a casa. Homero nunca nos garantiza que nada de aquello ocurriera tal y como Odiseo lo cuenta. Y no es sólo él: en la Telemaquia, cuando Telémaco visita Esparta, Helena le cuenta una historia de Troya en la que ella queda estupendamente (ayudó a Odiseo cuando se coló en la ciudad disfrazado de mendigo) y, acto seguido, Menelao cuenta otra que la deja fatal (Helena rodeando el caballo de madera e imitando las voces de las esposas de los griegos para tentarlos a salir). Dos versiones contradictorias e interesadas de la misma guerra, una detrás de otra, sin que nadie arbitre. El poema lleva dentro, desde hace casi tres mil años, no un narrador poco fiable: una colección entera de narradores interesados.

Y aquí está la cosa: Nolan no renuncia del todo a ese juego, pero lo vacía por dentro. En la película, el marco es la isla de Calipso: Odiseo lleva años atrapado allí, alimentado de loto, y se da a entender que el loto le hace olvidar. Es Calipso quien le pregunta por su viaje, quien le empuja a "recordar", y así es como vamos viendo buena parte de la travesía, entremezclada con flashbacks e historias que cuentan otros personajes, como Menelao a Telémaco (con Helena delante, sin contar nada; luego vuelvo a ella). Que por cierto, lo del loto en la isla de Calipso es una fusión de Nolan: en el poema, los Lotófagos y la isla de Calipso son episodios distintos, y ella no ofrece olvido químico sino inmortalidad a cambio de quedarse. Pero esta sí la considero una fusión coherente, porque las dos cosas amenazan el regreso por la misma vía: dejar de ser quien eras. De las decisiones de adaptación de la película, esta me parece de las más defendibles.

Así que la estructura del relato enmarcado sobrevive. Lo que desaparece es su función. En el poema, contar es una actuación con intereses: Odiseo narra ante una corte a la que necesita caer bien para que le den un barco, y nunca sabemos cuánto adorna. En la película, contar es recordar: un ejercicio de memoria y de culpa frente al olvido del loto, delante de alguien que ya lo tiene en su poder y a quien no necesita impresionar. La pregunta cambia de "¿es verdad lo que cuenta?" a "¿será capaz de recordar (y de soportar) lo que vivió?". Y oye, eso encaja con el Odiseo comido por la culpa que Nolan quiere pintar, pero desactiva la trampa, porque en la película nadie tiene motivos para mentir. El relato dentro del relato queda reducido a máquina de exposition nolaniana y de trauma, y los demás narradores, a repartidores de información.

La visita a Esparta es el mejor ejemplo: en el poema, ese episodio contiene su propio duelo de versiones; en la película, Helena no cuenta nada (sólo le pide a Menelao que le cuente él ciertas cosas a Telémaco, cosas que además acabaremos descubriendo por boca de otro personaje) y Menelao habla para informar y empujar la trama. Con una inversión, eso sí, que me parece muy reveladora: en el poema, Menelao es quien le da a Telémaco la primera noticia firme de que su padre sigue vivo, que se la arrancó al dios marino Proteo; en la película, le viene a decir que da igual que esté vivo o muerto, porque se acerca una guerra e Ítaca necesita un rey. El mismo personaje, cumpliendo la función contraria: de portador de esperanza a portavoz del pragmatismo. Que el director que ha construido toda su carrera sobre estructuras temporales y narradores no fiables (Memento, El truco final, Origen...) adapte al narrador tramposo más antiguo de Occidente quedándose con lo que cuenta y renunciando al hecho de que lo está contando (y quizá adornando) me parece la versión estructural de todo lo que digo en esta entrada: humanidad por espectáculo, el relato por lo relatado.

"Ten fe": dioses griegos con acento cristiano

Sobre los dioses: Calipso (que en la película sólo sale para que Nolan haga uso de su infame exposition y Charlize Theron haga una suerte de cameo con cara de culo todo el rato) dice que Odiseo es un hombre obsesionado con controlar su destino, pero que tiene que "dejar de querer controlarlo todo y tener fe". Eso suena a una idea muy cercana a sensibilidades religiosas posteriores, especialmente cristianas: la fe como abandono confiado de la propia voluntad. Pero en Homero, la relación con los dioses no funciona exactamente así. Los dioses son poderosos, arbitrarios, caprichosos, incluso injustos, y no se espera que el ser humano tenga "fe" en ellos en un sentido moral o espiritual. Se espera que les rinda culto, respete los rituales, acepte que su poder es mayor que el suyo y sea prudente. Odiseo no vuelve a Ítaca porque aprende a "creer", sino que vuelve porque confluyen muchas cosas: la voluntad de Atenea, el permiso de Zeus, el cese de la persecución de Poseidón, y también porque él nunca deja de ser ingenioso, paciente y resistente. No abandona su agencia, sino que la ejerce constantemente dentro de un mundo donde hay fuerzas superiores.

No creo que esto sea algo que Nolan haya hecho a propósito. El poema se compuso hacia el siglo VIII a.C. (el texto que leemos hoy lo fijaron siglos después los filólogos de Alejandría, que son también los responsables de la división en veinticuatro cantos), es decir, muchos siglos antes del cristianismo, y llevamos tanto tiempo absorbiendo patrones e ideales cristianos que ni siquiera sabemos que los mantenemos. El caso es que Homero presenta a Odiseo no como alguien que "aprende a tener fe", sino más bien como alguien que aprende límites. Sigue siendo astuto hasta el final, pero cada vez es más paciente. Cuando llega a Ítaca, por ejemplo, podría correr inmediatamente al palacio. Sin embargo, escucha a Atenea, acepta disfrazarse de mendigo, observa, espera y soporta humillaciones antes de actuar, algo que se mantiene en la película. Pero ese Odiseo es muy distinto del que, después de escapar de Polifemo, no pudo contener la necesidad de proclamar su nombre. Pero ese orgullo no se ve en la película, y quizá por eso las acciones del Odiseo en pantalla grande carezcan de sentido en muchas ocasiones.

La hybris que la película no entiende (o no quiere entender)

Fotograma de La Odisea

La Odisea (2026)

Porque algo que me ha faltado ver en esta adaptación (o que, más bien, he visto con retazos de guión que iban y venían según lo requiriese la película) es que Odiseo no cae por creer que es más inteligente que los dioses en general (que es lo que yo recordaba antes de buscar información sobre el poema para esta entrada), sino porque su extraordinaria inteligencia va acompañada, en ciertos momentos, de una desmesura (lo que los griegos llamaban hybris), y esa desmesura tiene consecuencias. El ejemplo más claro es el del cíclope, que se llama Polifemo pero eso no te lo dicen en la película: Odiseo, brillante, idea un plan para escapar de su cueva, que es emborracharlo, decirle que se llama "Nadie" (un juego de palabras que el propio Nolan admitió que no adaptó porque le parecía intraducible), cegarlo y huir escondido bajo los carneros, lo que el poema pinta como uno de los grandes triunfos de la inteligencia sobre la fuerza. Hasta ahí, Homero parece celebrar precisamente aquello que hace único a Odiseo: su astucia (mētis). Pero cuando ya está a salvo en el barco, ocurre algo que estratégicamente es absurdo: Odiseo no puede resistirse a gritarle quién es realmente. Revela su nombre, el de su padre y su patria, y lo hace por orgullo, porque quiere que el cíclope sepa quién lo ha derrotado. Y entonces Polifemo, que es hijo de Poseidón, puede invocar a su padre y pedir venganza. Es ese momento el que desencadena buena parte del resto de la Odisea, pero en la película sólo vemos cómo lo ciega y huye entre el rebaño, y el cíclope simplemente le pide a su padre que se vengue del grupo este de señores que se ha colado en su cueva porque le han hecho pupita en el ojo.

Lo interesante del poema original es que el error de Odiseo no es ser inteligente. Los dioses, especialmente Atenea (una Zendaya que se muestra más como presencia de la culpa), admiran la inteligencia de Odiseo. De hecho, Atenea también es una diosa de la astucia, de la estrategia, de la inteligencia práctica. Ella y Odiseo se parecen muchísimo. Pero Homero parece criticar la incapacidad de detenerse cuando ya has ganado, como diciendo: "Ya has vencido, ¿por qué necesitas además que el vencido te admire?". Ese impulso de buscar gloria inmediata acaba costándole diez años más de sufrimiento. Y eso enlaza con algo muy griego: la idea de que incluso las mejores cualidades pueden volverse destructivas si pierden la medida. El valor puede convertirse en temeridad; la belleza, en vanidad; el poder, en tiranía; la inteligencia, en arrogancia. No es casual que la virtud griega esté tan relacionada con el equilibrio y la medida. En la adaptación de Nolan, en cambio, la inteligencia de Odiseo se muestra como su mayor virtud y nunca se castiga: simplemente pasan cosas. Se le "castiga" por haber dejado ciego al cíclope, por esta temeridad quizá, pero no por su orgullo. Se pretende mostrar el viaje de un hombre comido por la culpa, pero este viaje da tantos bandazos con sus propios hombres que pareciera que quieren pintar al Odiseo de la pantalla grande (IMAX 70mm, para ser exactos) como una suerte de superhéroe moderno, casi literalmente en el último acto y la batalla con los pretendientes.

Y es que otro detalle precioso que suele pasar desapercibido del poema (y que en la película ni aparece) es que Homero no presenta a Odiseo ante todo como un héroe, ni un guerrero, ni siquiera como un rey (aunque lo sea de Ítaca, y aunque en la película se le llame así constantemente, con los pretendientes observando durante años un "trono sin rey"). Lo primero que dice de él el poema, en su primerísimo verso, es que es polýtropos, algo también difícil de traducir, ya que vendría a ser "el de muchos recursos", "el de muchos giros", "el versátil", "el de múltiples caminos".

Odiseo no es el más fuerte ni el más noble; es el que sabe adaptarse. Y esa capacidad de adaptación acaba siendo más importante que su orgullo. Así que sí, hay un castigo ligado a su ego, pero Homero no convierte a Odiseo en un pecador que desafía a Dios al estilo de algunas tradiciones posteriores. Lo presenta como un ser humano extraordinario cuya mayor virtud (su inteligencia) puede convertirse en su mayor defecto cuando se mezcla con la necesidad de reconocimiento. Esa es una idea muy humana y, en cierto modo, muy moderna: no nos destruyen sólo nuestros vicios; a veces nos destruyen precisamente nuestras mejores cualidades cuando dejamos que crezcan sin medida.

Lo que Nolan sí pilla: la hospitalidad

Para ser justa, hay un tema homérico que la película sí trata con mucho ahínco: la hospitalidad. Y no es un tema menor, es el tema moral del poema. La xenía, el vínculo sagrado entre anfitrión y huésped (protegido por el propio Zeus), es la vara de medir de casi todos los personajes de la Odisea: Polifemo es monstruoso no sólo por comerse gente, sino porque se come precisamente a sus huéspedes, la inversión más grotesca posible de la hospitalidad; el porquero Eumeo es admirable porque ofrece lo poco que tiene a un mendigo desconocido; y los pretendientes mueren, en el fondo, por eso: llevan años devorando la casa de un anfitrión ausente, violando la xenía a diario. La matanza final no es (sólo) una venganza personal, sino que es un castigo por transgredir una de las leyes fundamentales de ese mundo.

Y aquí es donde entra Helena o, más bien, su silencio. La película usa la visita a Esparta para pintar a Menelao como espejo oscuro de los pretendientes: igual que los hombres que cortejan a Penélope llevan años devorando una casa ajena, Menelao (que luchó junto a Odiseo en Troya) ha hecho más de lo mismo pero a lo grande, tomando como trofeo a una esposa que no es suya y aprovechándose de la hospitalidad de una tierra para convertirse en su rey. Y ojo, que esa lectura tiene base mitológica: Menelao no era espartano, era hijo de Atreo, y consiguió el trono de Esparta precisamente por casarse con Helena. La película no se lo inventa; lo afila. Helena no habla porque en esa mesa es eso, un trofeo. Y el consejo que Menelao le da a Telémaco es perfectamente coherente con el personaje: que no se preocupe de si su padre está vivo o muerto, porque se acerca una guerra e Ítaca necesita un rey sí o sí (y de ahí que Telémaco vuelva a casa pidiéndole a su madre que se case de nuevo hasta que él sea mayor de edad). Para Menelao, los tronos y las mujeres se ocupan, no se esperan.

Los colores del Mediterráneo

Fotograma de La Odisea

La Odisea (2026)

También me gustaría hablar del paisaje. Mucha gente criticó el tráiler porque era muy gris pero, viendo la película, les ha convencido la paleta de colores por el tono lúgubre de la historia. Yo, como aceitedeolivariana, no estoy muy de acuerdo.

Muchas veces imaginamos el mundo antiguo con filtros desaturados porque el cine histórico lleva décadas haciéndolo, pero el Mediterráneo real es cualquier cosa menos gris, y la luz del Egeo es muy dura. El mar cambia continuamente entre turquesas, azules profundos y plateados. Las islas tienen ocres, blancos, verdes de olivos y cipreses, flores, cielos limpísimos. Es un paisaje extremadamente luminoso, y esa luminosidad importa porque en Homero el mar no es simplemente un escenario, sino un personaje más, una presencia casi viva.

El poema está lleno de epítetos que recuerdan continuamente cómo es ese mundo: "el mar de color de vino", "la aurora de rosados dedos", "el mar estéril", "las olas resonantes". No son simples adornos literarios, sino una manera de hacer que la naturaleza acompañe a la narración. Y el contraste, además, forma parte de la experiencia de la Odisea: un mar de un azul deslumbrante puede matarte en unas horas, una isla paradisíaca puede ser la prisión de Calipso, el jardín maravilloso de Circe es también un lugar donde los hombres son convertidos en cerdos, los Lotófagos viven en un lugar apacible donde el peligro consiste en olvidar quién eres... Es decir: la belleza no elimina el peligro, sino que lo hace más inquietante. Y el mar no es un decorado: es el interlocutor constante de Odiseo, tan cambiante como los dioses y tan imprevisible como la propia fortuna.

En la Odisea, el viaje no ocurre sobre un fondo neutro. El mar tiene voluntad (a través de Poseidón), ritmo, personalidad. Las costas, los puertos, los amaneceres, las tormentas... Todo modifica el estado emocional del relato. Un enfoque visual muy gris puede transmitir dureza o melancolía, pero también pierde ese contraste tan homérico entre un mundo de una belleza casi excesiva y una existencia llena de incertidumbre. En Homero no hay contradicción entre un paisaje radiante y un sufrimiento profundo; de hecho, esa convivencia suele intensificar el efecto emocional.

Quizá por todo esto siento que falta algo. No necesariamente porque falten monstruos o batallas mejor hechas, sino porque la Odisea no es sólo una historia sobre sobrevivir al mar y volver al hogar; es una historia sobre vivir en un mundo inmensamente bello, inmensamente peligroso y gobernado por fuerzas que nunca se someten del todo a la voluntad humana.